Capítulo CXXV
Camila
Maximiliano y yo estamos en el aeropuerto, esperando a nuestros pequeños terremotos.
Él tiene las manos dentro de los bolsillos, paciente, pero sus ojos van y vienen buscando entre la gente como si en cualquier segundo fueran a aparecer corriendo hacia nosotros.
Yo me abrazo los brazos, no por frío, sino por esa mezcla de ansiedad y emoción que me revuelve el pecho.
Falta tan poco para tenerlos con nosotros que casi puedo escucharlos gritar “¡mamá!” desde lejos.
—Ay, cómo tardan —murmura Max, moviendo una pierna sin parar, como si el piso le quemara.
No puedo evitar reír.
—Ya sé —respondo—. También estoy igual que tú.
Él me mira de reojo, como si no quisiera admitir lo desesperado que está, y ambos terminamos riendo bajito, compartiendo esa impaciencia dulce que solo los hijos provocan.
—¡Mamá! ¡Señor Max! —escuchamos unas vocecitas a lo lejos.
Ambos levantamos la mirada al mismo tiempo, y entonces los vemos:
Corriendo hacia nosotros con esas mochilitas rebotándol