Capítulo CXXV
Camila
Maximiliano y yo estamos en el aeropuerto, esperando a nuestros pequeños terremotos.
Él tiene las manos dentro de los bolsillos, paciente, pero sus ojos van y vienen buscando entre la gente como si en cualquier segundo fueran a aparecer corriendo hacia nosotros.
Yo me abrazo los brazos, no por frío, sino por esa mezcla de ansiedad y emoción que me revuelve el pecho.
Falta tan poco para tenerlos con nosotros que casi puedo escucharlos gritar “¡mamá!” desde lejos.
—Ay, cómo t