A las siete de la tarde en punto, bajé las escaleras. Con la misma ropa de Arthur que tenía puesta, solo me había hecho una cola en el cabello. Efectivamente, estaban mis cuñados y mis sobrinos, junto a los tres abogados.
—Buenas tardes— dije mientras caminaba entremedio de todos y me sentaba en el sillón que era de un solo cuerpo. No quería a nadie cerca de mí.
—Por favor, tomen asiento, comenzaremos con la lectura del testamento que el señor Arthur Brown estipuló antes de su fallecimiento— Si