Desperté al otro día, aún en el suelo y en posición fetal. Me dolía el alma, solo sabía eso. Escuché que tocaron la puerta, era Henry.
—Ivanna, cariño, dejaré tu bandeja con el desayuno en la puerta. No entraremos y no te molestaremos, solo come, por favor— me dijo Henry. Me levanté, me fui al baño y me senté a orinar. Cuando estuve lista fui al lavamanos. El rostro que había en el espejo era una Ivanna muerta en vida. Llena de ojeras, pálida, sin color, sin vida. Me metí en la ducha y abrí la