Mundo ficciónIniciar sesiónEl avión aterrizó en Nueva York a primera hora de la tarde. Valeria observó la ciudad a través de la ventana. Era la primera vez que pisaba aquel lugar y todo le parecía enorme, distinto a la vida que había dejado kilómetros atrás.
Salió del aeropuerto con una pequeña maleta y el bolso colgado del hombro. Caminó entre la gente buscando el cartel con su nombre.
Un hombre alto sostenía una carpeta negra mientras hablaba por teléfono. Vestía un traje oscuro y tenía una presencia que nunca podría pasar por desapercibido.
Cuando levantó la vista y la vio acercarse, guardó el teléfono.
—Valeria —dijo con una sonrisa amable.
—¿Señor Salvatierra? —preguntó ella en tono formal.
—Ricardo, por favor. —dijo y le estrechó la mano con firmeza.
El hombre debía tener alrededor de unos cuarenta y cinco años. Tenía el cabello oscuro y las sienes plateadas. Su mirada tranquila le transmitía seguridad.
—El profesor Álvaro me habló mucho de ti.
—Espero no decepcionarlo —respondió ella.
—Si Álvaro te recomendó, estoy seguro de que no lo harás.
Durante el trayecto hacia la ciudad hablaron de cosas sencillas. Ricardo le explicó que la empresa estaba creciendo y necesitaba alguien de confianza que pudiera ayudarlo con la organización de varios proyectos. Valeria escuchaba con atención mientras observaba los edificios y las avenidas desde la ventanilla.
Aquel lugar significaba un nuevo comienzo para ella, pero también una forma de dejar atrás lo que había ocurrido con Alejandro Mendoza.
Valeria comenzó a trabajar al día siguiente. Desde el primer momento se dedicó por completo a su nuevo empleo. Ricardo notó muy pronto que tenía una capacidad especial para entender el funcionamiento de la empresa y resolver problemas con rapidez.
Cada día Valeria aprendía algo nuevo. Sentía que estaba construyendo un futuro no sólo para ella sino para el bebé que llevaba en su vientre.
Ricardo, por su parte, comenzó a verla en Valeria a una mujer joven, inteligente y decidida, pero que además de ello, era hermosa. Era el tipo de mujer perfecta para un hombre como él.
Sin embargo, él era un hombre respetuoso y caballeroso. Jamás se atrevería a cruzar el límite entre él y la joven asistente. Aunque llevaba dos años de haberse divorciado de su esposa, luego de veinte largos años de matrimonio, no se veía al lado de alguien más. Pero Valeria comenzaba a hacerlo cambiar de opinión muy pronto.
Un par de meses después, el vientre de Valeria empezó a notarse, por lo que esa tarde, ella se acercó a la oficina de su jefe y decidió contarle su verdad. Ricardo la escuchó en silencio.
—Entiendo.
—Si eso representa un problema para la empresa, puedo buscar otro trabajo.
Ricardo negó de inmediato.
—No digas tonterías. No es ningún problema. —dijo recostándose en su sillón—. ¿ Y el padre del bebé está aquí en Estados Unidos?
—No. Él está en España.
—¿No piensa venir?
—No, él y yo estamos separados. No quiero saber nada de él.
—Entonces cuenta conmigo para lo que necesites.
Valeria levantó la mirada, sorprendida.
—Gracias.
Ricardo sonrió con calma.
—Considérame desde ahora como tu aliado y amigo. Tienes todo mi apoyo.
Con el paso de los meses, Ricardo continuó tratándola con el mismo respeto de siempre. Nunca le hizo preguntas incómodas ni mencionó el tema nuevamente. Pero la manera en que la miraba había cambiado. La veía como una mujer fuerte, inteligente, alguien que había pasado por mucho y aun así seguía adelante.
El tiempo pasó y con él su embarazo.
Un mes antes del nacimiento del bebé, Ricardo pidió hablar con ella en privado. Valeria entró en su despacho al final de la jornada.
—¿Ocurre algo Ricardo?
—Necesito pedirte algo —dijo finalmente.
Valeria se sentó frente a él.
—Dime.
Ricardo respiró hondo antes de continuar.
—Hace poco los médicos me dieron un diagnóstico.
Valeria frunció el ceño.
—¿Diagnóstico? —preguntó ella con asombro.
—Tengo ELA. Es una enfermedad degenerativa —continuó Ricardo con calma—. Ya investigué bastante y sé lo que viene después.
Valeria lo miró sin saber qué decirle. Ricardo había sido su único apoyo en esos ocho meses. Saber que estaba enfermo, le dolía.
—Mi salud va a empeorar con el tiempo —dijo él—. No sé cuánto me queda realmente.
—Lo siento mucho.
Ricardo la observó unos segundos antes de continuar.
—Por eso quiero proponerte algo, Valeria. Quiero que te cases conmigo.
Valeria levantó la vista y lo miró con asombro.
—No tienes que preocuparte —añadió él—. No espero nada de ti. No tienes ninguna obligación conmigo, sólo quiero retribuir todo lo que has hecho por mí y por mi empresa.
—No hables de ese modo. Debe haber alguna cura. Sé que vas a estar bien.
—Nada desearía tanto como eso, créeme. —suspiró con pesar—. No quiero irme y dejarte desprotegida a ti y a tu pequeña. Quiero darle mi apellido a tu hija y asegurarme de que tendrás estabilidad cuando yo ya no esté.
—No puedo aceptar algo así —dijo ella de inmediato.
—Lo sé. No tienes que contestarme ahora.
Se levantó de la silla.
—Piénsalo con calma.
Esa noche Valeria no pudo dormir, pensando en su hija y en su futuro. Pensó en todo lo que Ricardo había hecho por ella desde que llegó a la empresa. Todo lo que hasta ahora había conseguido se lo debía a él. En ese momento sintió una pequeña patada en el vientre, apoyó la mano sobre su barriga y cerró los ojos. Quizás era una señal.
A la mañana siguiente llegó temprano a la oficina. Ricardo estaba revisando unos papeles cuando ella entró.
—Ya tomé una decisión —dijo.
Él levantó la vista.
—¿Sí? —preguntó, algo ansioso.
—Acepto.
Ricardo la observó y luego sonrió.
—Entonces nos casaremos este fin de semana.
Valeria abrió los ojos con asombro.
—¿Tan pronto?
—Sí, será una ceremonia sencilla.
Ese mismo fin de semana se casaron en una pequeña ceremonia civil. Cuando regresaron a la casa, Ricardo comenzó a sentirse mal. Sus manos temblaban ligeramente y su caminar era más lento. Valeria lo ayudó a sentarse.
—¿Qué te pasa?
Ricardo suspiró.
—Los síntomas ya empezaron.
Ella lo miró con preocupación.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—No quería que sintieras lástima por mí.
Esa noche Valeria se quedó a su lado. No podían estar juntos como una pareja normal, pero durmió en la misma habitación para asegurarse de que él estuviera bien.
Los meses siguientes fueron difíciles. La enfermedad avanzó con rapidez. Ricardo fue perdiendo fuerza poco a poco y finalmente murió.
En la lectura del testamento, Valeria descubrió que él le había dejado todo a su nombre, empresa, propiedades, inversiones.
Con el nacimiento de su hija, a quien llamó Alicia, Valeria tomó una decisión, cumpliría la promesa que le había hecho a Ricardo. Mantener aquella empresa en pie luego de su muerte.
Trabajó sin parar y poco a poco logró consolidar la empresa y convertirla en un negocio aún más grande de lo que había sido. Su nombre comenzó a aparecer en revistas económicas y en conferencias empresariales. Se había convertido en una mujer poderosa, en una de las CEO más importantes de Miami.
Tenía riqueza, prestigio y una hija que era el centro de su vida. Pero aún había algo pendiente que resolver en España.
Cinco años después, cuando la empresa ya estaba completamente estable, Valeria pensó en que tenía que ocuparse de la sede principal de la compañía que justamente estaba ubicada en Madrid.
Era momento de regresar y enfrentarse a su pasado.
Dos días después subió junto a su pequeña al avión.
—¿A dónde vamos, mamá? —preguntó Alicia desde su asiento.
Valeria sonrió suavemente mientras miraba por la ventanilla.
—A casa, mi amor







