Mundo ficciónIniciar sesiónAlejandro terminó de separarse de Claudia y dio un paso atrás, aturdido por lo que estuvo a punto de suceder entre él y su asistente.
—Esto no puede volver a pasar —dijo con firmeza, mientras se acomodaba la chaqueta—. No debimos llegar a este punto.
La asistente se abotonó la blusa con calma, como si nada hubiera ocurrido.
—Lo entiendo —respondió—. No debimos dejarnos llevar por el momento.
Alejandro le dio la espalda.
—Amo a Valeria. —murmuró—. Voy a casarme con ella en un mes y no pienso arruinar lo que tenemos por un momento de placer.
Claudia terminó de acomodarse la falda y tomó su carpeta del escritorio.
—No te preocupes. Fue un momento y nada más. No volverá a suceder si no quieres.
Alejandro asintió.
—Prefiero que mantengamos una relación estrictamente laboral. Espero que me entiendas.
—Como tú digas. —Claudia caminó hacia la puerta y la abrió.
Antes de salir, sonrió de forma maliciosa. Ella vio cuando Valeria abrió la puerta minutos antes. Aun así, no se detuvo. Por el contrario, fue en ese momento cuando comenzó a moverse con más intensidad y a gemir con mayor fuerza, exagerando mucho más lo que realmente estaba ocurriendo.
Pero Alejandro todo había sido apenas un momento incómodo que se había detenido antes de llegar demasiado lejos.
Claudia salió de la oficina satisfecha con lo que había logrado. Seguramente después de ver aquello, Valeria decidiría separarse de su jefe y entonces, ella podría tener el camino libre para seducirlo.
Alejandro permaneció unos minutos de pie junto al escritorio. Aún estaba aturdido con lo que había sucedido. Claudia era su asistente desde hacía unos seis meses y no podía negar que le parecía atractiva, pero jamás quiso engañar a Valeria. Suspiró y revisó su reloj, aún faltaban un par de horas para salir a almorzar.
Sintiéndose lleno de remordimientos y arrepentimientos, decidió llamarla a su teléfono e invitarla a almorzar a un lujoso restaurante, pero justo en ese momento tocaron la puerta.
—Señor Alejandro —dijo su asistente—. El señor Ramírez, ya están en la sala de reuniones.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Ahora?
—Sí, adelantaron la reunión de la junta directiva.
—Está bien. Voy enseguida.
Antes de salir escribió un mensaje rápido a Valeria.
“Amor, surgió una reunión con unos socios. No podré salir ahora. Paso por ti en la noche y cenamos juntos”.
Envió el mensaje y fue hasta la sala de reuniones.
Después de entrar a la reunión, Alejandro perdió la noción del tiempo. Cuando miró su reloj, notó que ya era la una de la tarde. Recordó que hasta ese momento, no había recibido ningún mensaje de Valeria, fue entonces cuando vio que su mensaje no le había llegado.
Intentó llamarla pero el teléfono estaba apagado. Tal vez el teléfono se le había descargado y había olvidado ponerlo a cargar.
Guardó el móvil en el bolsillo. Continuó con su trabajo hasta que finalmente vio que comenzaba a oscurecer, salió de la oficina cansado, pero con la intención de ir directamente a casa para ver a Valeria.
Mientras caminaba hacia el ascensor se detuvo un momento en la recepción.
—Buenas noches, Carla —saludó a la joven.
—Buenas noches, señor Alejandro.
Ella lo miró con cierta duda antes de que saliera.
—Señor Mendoza ¿sucedió algo con su prometida?
Alejandro frunció el ceño sin entender a qué se refería.
—¿Por qué lo dices? —preguntó confundido.
—Es que cuando la señora Valeria estuvo aquí esta mañana y vino a verlo, la vi un poco mal cuando se fue.
—¿Qué Valeria vino has dicho?
La recepcionista asintió.
—Eso no puede ser. Yo estuve en la oficina todo el tiempo hasta la hora de la reunión.
—Sí, bueno —dijo la recepcionista—. Ella llegó, preguntó por usted y luego subió. Pero salió muy rápido. Me pareció un poco preocupada.
—¿Por qué no me avisó como de costumbre? —preguntó con voz hostil.
—Es que ella me dijo que, que quería darle una sorpresa —tartamudeó.
Alejandro la miró con desconcierto.
—¿A qué hora vino?
—Eran más o menos las diez de la mañana, señor.
Alejandro se quedó en silencio. A esa hora él estaba en su oficina, pero con Claudia.
No. Eso no podía ser.
—¿Estás segura de la hora? —preguntó por segunda vez.
—Sí, más o menos a esa hora.
Alejandro asintió lentamente.
—Está bien Carla, gracias.
Salió de la empresa y caminó hacia el estacionamiento.
Durante el trayecto a casa, el recuerdo de las palabras de la recepcionista no dejaba de atormentarlo. ¿Y si ella lo había visto?
Negó con su cabeza. Cuando llegó a la casa lo primero que hizo fue ir hasta su habitación.
—¿Valeria? —llamó al entrar.
Pero ella no le contestó. Abrió la puerta y entró al cuarto. La buscó en el baño, pero no estaba. Decidió ir abajo y preguntarle a la sirvienta por ella.
—¿María, has visto a Valeria?
La mujer asintió.
—Sí, señor. Salió temprano esta mañana.
—¿Temprano?
—Sí, me dijo que no se sentía muy bien y que iba al médico.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Al médico?
—Eso lo que me ha dicho, señor.
El corazón de Alejandro empezó a latir con más fuerza. Sacó el teléfono y la llamó. La llamada fue directamente al correo de voz.
La preocupación comenzó a crecer dentro de él. Recordó las palabras de la recepcionista.
¿Y si Valeria había llegado justo en ese momento?
¿Y si había visto algo?
—Dios… —murmuró llevándose las manos a la cabeza.
Si ella había presenciado aquella escena, seguramente pensaría que la estaba engañando. Y lo peor era que no habría forma de explicarlo fácilmente. Alejandro caminó de un lado a otro, intentando convencerse de que no podía ser eso. Tal vez la culpa lo estaba haciendo alucinar y ella, tal vez se había quedado sin batería, estaría de compras. Eso debía ser.
Entonces recordó a alguien que tal vez podría saber algo. Marcó el número de Paula. El teléfono sonó varias veces antes de que ella contestara.
—¿Alejandro?
—Hola, Paula.
Al otro lado de la línea, Paula miró a Valeria, que estaba sentada en el sofá. Ella negó con la cabeza de inmediato Paula comprendió el gesto.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Solo quería preguntarte si has visto a Valeria hoy.
—No, no la he visto. ¿Sucedió algo?
—Nada importante. Es que la he estado llamando pero tiene su teléfono apagado.
—Seguro lo lleva descargado—respondió Paula—. Ya sabes que es un poco descuidada con eso.
Alejandro suspiró.
—Sí, tal vez.
Alejandro colgó y se dejó caer en el sofá. Lo último que quería en el mundo era que la única mujer que había amado de verdad creyera que la había traicionado







