Mundo ficciónIniciar sesiónEl resto de la noche transcurrió sin que Alejandro tuviera noticias de Valeria. Si algo le hubiese sucedido, ya se habría enterado.
No había más explicación posible que la que él se negaba a aceptar. Ella lo había visto con su asistente.
Pasó casi toda la noche dando vueltas de un lado a otro sin dejar de pensar en ella. Imaginando lo que debía estar pensando de él.
—Joder, he sido un gilipollas. ¿Cómo se me ocurrió dejarme llevar por Claudia? Vamos Valeria, llama por Dios.
La mañana siguiente, apenas despertó, tomó su móvil y buscó a ver si tenía algún mensaje suyo, una llamada, un correo de voz, algo que le permitiera saber de ella y comunicarse. Tenía explicarle que todo aquello había sido solo un malentendido.
Intentó llamarla pero nuevamente el teléfono sonaba y luego se apagaba.
También intentó escribirle. Pero ninguno mensaje le llegaba. ¿Lo había bloqueado?
Entró a sud redes sociales comprobando sus sospechas, Valeria lo había bloqueado. Aquello le dejaba muy en claro su interés de no saber nada de él.
Intentó enviarle un correo electrónico y le explicó lo ocurrido. Sin embargo, tampoco recibió respuesta.
Tenía que buscarla, encontrarla y convencerla de que no había sucedido nada con su asistente. Convencerla de que la amaba, estaba desesperado.
Alejandro sabía que la familia de Valeria no vivía en Madrid. Sus padres estaban en Santiago de Compostela, a cientos de kilómetros de la capital. Durante un momento pensó que tal vez había viajado hasta allí.
El domingo por la mañana ya no pudo permanecer sin hacer nada. Tomó su coche y condujo durante horas hasta Santiago de Compostela. El viaje fue largo y agotador.
Cuando finalmente llegó a la pequeña casa donde vivían los padres de Valeria, estacionó frente a la puerta. Bajó del coche, caminó hacia la entrada y tocó el timbre.
Un momento después apareció Doña Carmen, la madre de Valeria. Una mujer amable de rostro cansado que siempre lo había tratado con cariño.
—Alejandro —dijo sorprendida al verlo—. Qué sorpresa.
—Buenas tardes, doña Carmen.
La mujer abrió un poco más la puerta.
—Pasa, hijo.
Dentro de la casa también estaba Don Manuel, el padre de Valeria, sentado en una silla cerca de la ventana.
—Alejandro —saludó levantándose—. No esperábamos verte por aquí.
Alejandro trató de sonreír.
—Estaba cerca por un asunto de trabajo y pensé en pasar a saludarlos.
—Nos alegra verte —dijo Carmen—. ¿Quieres un café?
—No, gracias —respondió él con cortesía.
Mientras hablaban, Alejandro no podía evitar mirar alrededor. Sus ojos recorrían el lugar, el pasillo que llevaba a las habitaciones, la cocina. Pero Valeria no estaba allí.
—¿Y Valeria? ¿No vino contigo? —preguntó el patriarca.
—No —respondió él—. Está ocupada con los preparativos de la boda.
Alejandro observó el pasillo una vez más.
—¿Podría usar el baño? —preguntó de pronto.
—Claro —respondió Carmen señalando la puerta al fondo.
Alejandro caminó por el pequeño pasillo con la esperanza de encontrarla allí, quizá en alguna habitación. El baño estaba vacío. Las habitaciones también.
—Bueno —dijo finalmente—. Solo quería saludarlos.
Don Manuel le dio una palmada en el hombro.
—La próxima vez trae a Valeria contigo.
Alejandro asintió.
—Claro.
Se despidió de ellos y salió de la casa. Subió al coche y se quedó unos segundos mirando la puerta.
Valeria no estaba con sus padres.
Finalmente encendió el motor y emprendió el camino de regreso a Madrid.
Mientras tanto, en el apartamento de Paula, Valeria estaba sentada en el sofá mirando por la ventana.
Había pasado todo el fin de semana allí. Pensando en que haría con su vida. En ese momento sonó su teléfono. El número que aparecía en la pantalla le resultó familiar. Era el profesor Álvaro Medina, uno de sus antiguos profesores de economía en la universidad.
Valeria respondió de inmediato.
—Profesor.
—Valeria, qué gusto escucharte —dijo el hombre—. Te llamó porque tengo un amigo que dirige una empresa en Miami. Se llama Ricardo Salvatierra. Está buscando una asistente administrativa que hable español y también maneje bien el inglés y pensé en ti de inmediato —continuó el profesor—. Siempre fuiste una de las estudiantes más brillantes de la facultad.
Ella guardó silencio por algunos segundos.
—¿Te interesa? —insistió el profesor.
—Sí. —contestó con voz firme.
—Perfecto. Entonces hablaré con Ricardo. Él se encargará del pasaje y de todo lo necesario para que viajes mañana a primera hora.
—Gracias, profesor.
—No tienes que agradecer. Solo demuestra lo que vales, como siempre.
Cuando la llamada terminó, Valeria dejó el teléfono sobre la mesa. Paula la estaba mirando desde la cocina.
—¿Quién era?
—Mi profesor de economía.
—¿Y qué quería? —preguntó con curiosidad su amiga.
—Me ofreció un trabajo en Miami.
Paula la miró con asombro.
—¿En Estados Unidos?
Valeria asintió.
—Sí.
—¿Y qué le dijiste?
—Que sí.
—¿Estás segura de lo que estás haciendo? —preguntó la chica.
—Sí. Si quiero olvidarme de Alejandro, lo mejor será poner distancia entre los dos. Así no sabrá donde estoy y yo, no tendré que sufrir al verlo.
Paula suspiró profundo. Ver a su amiga destrozada, le provocaba no sólo tristeza sino rabia.
—Si eso quieres, cuenta conmigo Vale.
—Lo sé, Pao. —dijo extendiendo y rodeándola con sus brazos—. Voy a extrañarte mucho.
Aunque Valeria se sintiera destrozada por dentro, era lo mejor para ella, estar lejos de Alejandro Mendoza. A pesar de que seguía amándolo, jamás le perdonaría su traición







