El silencio del piso doce era casi sagrado. Tras el bullicio de la gala, entrar en la sala de juntas se sentía como entrar en el centro de mando de una nación.
Las luces de la ciudad de Toronto se filtraban por los ventanales de suelo a techo, creando un marco cinematográfico para la reunión.
Dowzen Klein se sentó en la cabecera con una elegancia que imponía respeto, mientras su representante, un hombre de mirada afilada, se mantenía a su lado.
Harris tomó la voz cantante desde el primer minuto