La entrada de Dowzen Klein no fue el huracán de arrogancia que muchos esperaban, sino algo mucho más sutil y, por lo tanto, más poderoso.
Cuando las puertas se abrieron, el salón pareció llenarse de una luz diferente. Dowzen no caminaba con la barbilla en alto ignorando al mundo; al contrario, su mirada era cálida, casi curiosa, devolviendo las sonrisas de los invitados con una cortesía natural que solo los que han nacido para el éxito pueden permitirse.
Su seguridad no necesitaba de la frialda