Su corazón dio un vuelco. Allí, apoyado contra la barandilla, estaba Roman Blackwood. La observaba con una ceja enarcada, su rostro impasible recortado por un haz de luz blanca. Miki se sintió repentinamente expuesta, como si el jefe hubiera invadido el único espacio donde ella podía ser solo Mikaela.
«¿Cómo era posible semejante casualidad?»
«¿Acaso no tenían derecho a un descanso?»
Desvió la vista de inmediato, intentando fingir que no lo había visto. Un momento después, volvió a mirar para