La mañana en el piso doce transcurría bajo el ritmo metódico que Roman imponía. No estaba encerrado en su despacho, sino de pie junto a la mesa de Mikaela, supervisando los avances del proyecto Aura. Su presencia era constante, una sombra que obligaba a cada uno a medir sus palabras y sus movimientos.
—No —dijo Roman, señalando una de las pruebas de impresión con un dedo firme—. El tono en esta fotografía es demasiado cálido. Queremos que el espectador sienta la frescura del rocío, no el calor