El sudor recorría mi espalda. Estaba mareada pero se trataba de una combinación de mi condición y de la falta de oxígeno que el esfuerzo me causaba. Lo miraba con los ojos entrecerrados mientras mi boca formaba un pequeño círculo.
–Vamos, tú puedes– susurró y cerré los ojos aumentando el esfuerzo. Tenía razón. –Diez segundos más, preciosa– avisó y solté el aire con violencia. Frunciendo el ceño mientras mordía mi lengua hasta hacerla sangrar y él acarició mi muslo– Listo, cariño.
La actividad