El día había sido tan plano como todos los demás. Un par de clases en la pequeña escuela de navegación, turistas que apenas prestaban atención, y un almuerzo insípido frente al mar. Sebastián —o lo que quedaba de él— había aprendido a transitar la rutina sin pensar demasiado.
Pero al llegar a la villa, algo no cuadraba.
Las luces estaban tenues. Había velas en los escalones, música suave, y en el comedor una mesa puesta con demasiado esmero: manteles de lino, copas de cristal, flores frescas.