El amanecer filtraba una luz grisácea a través de las cortinas. Céline seguía dormida, con la respiración serena y el rostro relajado, apenas cubierto por la sábana que compartían. Kilian no había dormido. O si lo había hecho, fue apenas un parpadeo largo entre remordimientos.
Y sin embargo, algo en él se sentía saciado. Su cuerpo, su ego, su hombría. Ella lo había buscado. Lo había deseado. Y él había respondido no como un hombre derrotado, sino como el esposo que alguna vez fue.
Eso lo con