El motor seguía encendido, vibrando suavemente bajo sus manos. Kilian no lo apagó. Solo se quedó ahí, en el estacionamiento de Altura Valtieri, con los nudillos tensos sobre el volante, mientras su reflejo en el cristal delantero le devolvía una versión de sí mismo que no reconocía.
La respiración aún agitada, el corazón golpeándole las costillas como si intentara huir de su propio pecho. No era por el tráfico, ni por la prisa. Era por lo que acababa de hacer.
Había cruzado una línea. La lín