La luz matinal entraba como un suspiro tibio por las cortinas.
Kilian abrió los ojos con la garganta seca. Había dormido mal. Tenía el cuerpo tenso, como si algo no se hubiera liberado. Se giró con suavidad y ahí la vio. Céline, de pie frente al espejo, con su bata entreabierta, aplicándose crema en los muslos con ese gesto lento, metódico… casi ritual.
No lo hacía para provocarlo. Pero lo provocaba igual.
El aroma a jazmín flotaba en el aire, mezclado con el leve sonido de la yema de sus dedos