Céline abrochó su abrigo frente al espejo del hotel. La tela blanca resaltaba su figura impecable, pero no lograba cubrir el cansancio emocional que le pesaba en la mirada. Antes de bajar al lobby, marcó a casa.
—¿Agnes?
—Señora Valtieri —respondió al instante, con ese tono sobrio de quien siempre sabía más de lo que decía.
— ¿Puede avisar al chofer que esté listo al mediodía en el aeropuerto?
—Ya está en camino, señora.
Céline vaciló.
—¿Y… Kilian?
Hubo un segundo de silencio. Luego, Agn