Céline salió del baño envuelta en su bata de seda, el cabello aún húmedo y recogido con una pinza. Su piel olía a jazmín y a dignidad recuperada. No llevaba maquillaje, pero sus ojos ya no estaban rotos: estaban decididos.
Kilian estaba de pie junto a la puerta, sin atreverse a entrar. Cuando la vio, se enderezó, como si su cuerpo todavía supiera que ella era el centro de su eje.
—Céline… —susurró, dando un paso hacia ella.
Ella levantó una mano. No con brusquedad, sino con una calma que do