La madrugada aún no terminaba cuando Céline y Matthias se recostaron en la cama. Ella se acurrucó en su pecho, aún con los ojos hinchados por el llanto, y con el cuerpo tenso como una cuerda a punto de romperse. Sentía el latido irregular de su corazón contra el de él, como si buscara en ese ritmo ajeno una razón para no quebrarse del todo. El la sostuvo sin pedir explicaciones. Sin exigir palabras. Solo estuvo allí, firme, cálido, real.
Cuando por fin pudo hablar, lo hizo en voz baja. Le cont