Céline entró a Altura con el alma hecha jirones. Solo quería una ducha caliente, silencio y cerrar los ojos sin pensar. Pero apenas cruzó el vestíbulo, se encontró con Elian y Yvania sentados en el suelo, cabizbajos, con unos papeles arrugados entre las manos.
—¿Qué pasó, mis amores? —preguntó, arrodillándose junto a ellos.
—Mamá… encontramos unas cartas de papá —dijo Elian, sin levantar la mirada.
Céline sintió un vacío seco en el pecho. Su voz tembló.
—¿Dónde?
—Estaban en los cuentos que