La tarde en Kalliste se deslizaba con lentitud.
Sebastián regresó caminando desde la marina, con la camisa pegada a la piel por la brisa húmeda y el olor a sal en los brazos. Acababa de dar una clase con turistas canadienses, niños incluidos, y había sonreído tanto que le dolía la cara. Una máscara más.
Dejó las llaves sobre la encimera, abrió una cerveza sin mirar la marca, y se desplomó en el sofá de la villa. El silencio era espeso. Solo se escuchaba el zumbido de los ventiladores y las ga