Había pasado una semana exacta desde que Nina recibió el mensaje de Dylan. Lo había leído en silencio, sentada en el borde de una cama que no era suya, con el vestido aún puesto y el maquillaje a medio borrar. No supo qué sentir. No supo qué decir. Solo escribió: “¿Estás bien?” Y desde entonces, nada. Ni una palabra. Ni una señal. El mensaje seguía ahí, intacto, como una nota olvidada en el bolsillo de un abrigo que ya no se usa.
La gira no se detuvo. Cinco ciudades en siete días. Cuatro conci