Me desperté al oír la voz de Dante. Parecía estar muy feliz al hablar con alguien, además de que entraba y salía de la habitación. Cuando ya no pude ignorarlo más y el sueño se me dañó, me levanté.
Mi sofá estaba lleno de mi ropa, una tirada y la otra en una maleta. Salió de la otra habitación aún con el móvil en su oído. Me miró sorprendido, pero se le pasó en dos segundos.
—No tienes bikini —preguntó, un poco molesto—. Busqué por todos lados y tampoco encuentro ropa de playa.
«¿¿Qué?? ¿Qué? ¿