Esta vez me costó más dormir, y cuando pude, tuve pesadillas muy largas.
Alguna vez he dicho que la mayoría del tiempo no sueño, sueño en negro, pero las pesadillas sí son vívidas y horribles.
El sueño me agarró a las tres de la mañana; quería mi cama, pero la de Colombia.
Y de pronto, empiezo a escuchar unos gritos; bueno, a alguien gritando.
Quedé sentada en la cama, tratando de procesar de dónde eran los gritos. La voz de Dante. Me levanté de golpe y crucé la sala sin pensar. Descalza, mis piernas me traicionaron y perdí el equilibrio, cayendo de rodillas frente a Dante.
—Aurora —dijo preocupado, mientras me ayudaba a levantarme—.
¿Qué pasa, piccola?
¿Te sucede algo?
«Piccola dijo, ¿piccola? Eso significa que ya está bien».
—Yo te escuché gritar, me asusté.
—¡Oh! Perdón, yo... —me abrazó y besó mi cabeza—.
Es solo el estúpido de Renzo. Déjame terminar de hablar con él —nos separamos—.
Y te dedico el día, si podemos —agarró el celular—.
Calienta las pizzas si quieres o, si