—¿Felipe? Lo siento —dije.
Díaz y yo nos pusimos de pie de inmediato e inclinamos la cabeza.
—¿Tanta curiosidad tienes por saber de mí? —preguntó.
Me rasqué la nuca, aunque no me picaba, y negué con la cabeza en respuesta.
—Esa mujer se llama Matilda. Es una mafiosa, así que no intentes averiguar nada sobre ella, y mucho menos entrometerte —advirtió Felipe, señalándome el rostro, como si supiera que, por terca, tarde o temprano intentaría intervenir.
—De acuerdo, no haré nada. Gracias por permi