La atmósfera en la cabaña se había vuelto tan espesa que el simple acto de respirar parecía un esfuerzo consciente. Tras el incidente del espejo, el silencio no era de paz, sino de guardia. Gabriel no se había vuelto a acostar; permanecía sentado en un sillón de cuero frente a la cama, con la mirada fija en la puerta del baño y su arma descansando sobre el muslo. La luz de la chimenea, ahora reducida a brasas agonizantes, proyectaba sombras alargadas que distorsionaban sus facciones, dándole el