El estruendo de la explosión en la planta baja no fue el final del silencio, sino el prólogo de una pesadilla coreografiada. El suelo vibró bajo los pies de Gabriel, pero sus ojos no se apartaron de la mujer que tenía frente a él. La duda, alimentada por ese rastro de adhesivo en su mejilla, era un ácido que corroía su voluntad. La mujer que afirmaba ser Aura sostenía la jeringuilla con una mano que no temblaba, una frialdad que podía ser tanto el valor de la heredera como la programación de la