El sudor se enfriaba sobre la piel de Aura con una rapidez cruel, transformando el calor de la pasión reciente en un escalofrío que le recorría la espina dorsal. Gabriel seguía sobre ella, con el rostro oculto en el hueco de su cuello, su respiración volviendo lentamente a la normalidad tras el paroxismo del acto. Para él, aquel encuentro había sido un exorcismo, una forma de anclarse a la mujer que amaba a través de la única verdad que su entrenamiento de mercenario no podía refutar: la respue