Lisa terminó de preparar la cena para su prometido y al probar un bocado, quedó satisfecha con el resultado.
Al principio sonrió, pero enseguida arrugó la cara porque el picante era demasiado intenso, tanto que ardía en la boca.
Empezó a tararear una canción, convencida de que ese sabor no iba a conquistar a nadie. Más bien, terminaría espantando a cualquier hombre.
—¡Carla! Te encargo la cocina. Debo ir a mi cita o mi padre me arrancará la cabeza.
—Por supuesto, señorita.
Lisa salió de l