Ambos llegaron a un restaurante lujoso. Isadora miraba todo con los ojos bien abiertos, como si hubiera entrado en otro mundo.
Mateo se quitó el abrigo de cuero y se lo ofreció con una sonrisa resignada.
—Toma, antes de que sigas insistiendo —dijo, colocándoselo sobre los hombros.
Isadora bajó la mirada, sonriendo con timidez mientras se acomodaba el abrigo. Le quedaba un poco grande, pero el calor que desprendía era reconfortante…
Tenía ese olor característico suyo, y eso la hacía sentir cosqu