44. ¡Secreto de hombres!
La noche se había disuelto lentamente, dejando tras de sí solo la quietud incierta del amanecer. Damián no había pegado el ojo. Las palabras de Abigail seguían resonando en su mente, como una espina clavada en lo más hondo de su pecho. Y aunque aún no tenía todas las respuestas, algo dentro de él había cambiado.
Salió de la cabaña cuando el primer rayo de sol despuntó entre las copas de los árboles. El aire era fresco, húmedo, y por un instante, respirarlo le trajo cierta paz. Caminó sin rumbo