Alaia sentía el frío suelo bajo su cuerpo, el eco de su caída resonaba por el vacío pasillo de piedra. Apenas podía moverse, su brazo derecho y pie izquierdo pulsaban de dolor, y un zumbido molesto retumbaba en su cabeza.
El presente y el pasado se entrelazaban, confundiéndola. En su mente, un recuerdo se abría paso, desgarrador y claro como si hubiese ocurrido el día anterior.
—Yo soy tu amiga, Mandy, confía en mí —dijo Agnes, con esa sonrisa que solía tranquilizarla—. Estoy segura de que Li