Narra Maxwell Donovan
Mi habitación olía a ella… a la esencia dulce de su piel, a su tibio aliento que me tranquilizaba, a ese calor que poco a poco me envolvía en sus redes, unas de las que ya no podía ni quería escapar; su sola presencia era el motor que me devolvió la vida una vez más, después de tantas arbitrariedades, venganzas, injusticias y malos entendidos.
La había depositado con delicadeza sobre la cama y ese fue el punto de partida para amarnos como dos locos empedernidos, sin reserv