49. Ha caído por el acantilado.
Sabrina ni siquiera se daba cuenta de la fuerza con la que estaba clavando el pie en el acelerador. A esas alturas las piernas ya no le respondían, solo notaba ese hormigueo eléctrico que le subía por los brazos desde el volante y le llegaba hasta la nuca. La lluvia golpeaba el parabrisas como si alguien estuviera tirando puñados de gravilla.
— Ojos azules… — masculló entre dientes. Se le escapó una risa rara, de esas que suenan a locura, nerviosa, cortada. Terminó casi en un sollozo seco — El