53. Tengo un hijo. Y tú me lo robaste.
El abogado defensor se puso en pie con esa parsimonia estudiada, como si tuviera todo el tiempo del mundo. No tenía prisa. Sabía que el silencio cargado de la sala era su mejor arma. Se ajustó los puños de la camisa, recorrió las mesas con una mirada que pretendía ser compasiva y se detuvo frente al juez.
— Su señoría — el abogado ajustó los puños de la camisa otra vez — Mis clientes no son los victimarios en este teatro. Son las víctimas de un cálculo gélido. Tanto la señora Wallace como el hi