10. ¿Puedo invitarla a bailar?
Por fin consiguió zafarse de su madre y de Sabrina, sintiendo el mismo alivio que un esclavo recién liberado.
La multitud se abría y cerraba a su paso como una marea densa de lentejuelas, seda y perfumes caros, pero él solo buscaba una cosa. O, mejor dicho, a alguien.
La encontró de espaldas, dominando una conversación con un grupo de desconocidos. Su cabello rojo caía como lava líquida y salvaje sobre sus hombros desnudos, y el antifaz de plumas parecía pulsar bajo las luces doradas del salón.