Ares, quien salió de ese recuerdo de Melissa buscando su boca, pidiéndole en esos delicados susurros que la tocara sin sus guantes, miró con confusión la llamada entrante. Aceptó de inmediato.
—¿Sí, Melissa? —la grave voz le erizó la piel.
—¿Tengo un presupuesto para mis compras?
—¿Un presupuesto? ¿Quieres saber cuánto dinero puedes gastar para tu área de pintura?
—Sí, por favor.
—Bien —la respuesta la hizo pasar saliva—. Por cada medio millón que gastes, te daré un orgasmo.
Ella abrió grandes