—¿Por qué no me dijiste que te habías casado? ¿Por qué no he sabido de ella? ¿Por qué nos parecemos un poco? —en su suave parpadeo fue cediendo nuevamente al sedante—. ¿La amaste más a ella? —continuó, en un hilo de voz apenas entendible—. Por favor, dime que no la reemplazaste conmigo…
—Melissa —la llamó Ares—. Melissa, mi amor… Melissa…
Tomó su mano, notando los números normales. La joven incluso se lamió los labios, acomodándose mejor en la almohada, indicando que solo había sucumbido a ese