Tras soltar un suspiro, salió del baño buscando la mesita donde encontró el jugo de frutas, que resultó fresco y revitalizante, y con el que, en su último trago, se tomó las dos pastillas. No tenían nombre ni sabía de qué eran, pero sin duda eso ya se podía considerar otro voto de confianza para el hombre que ahora debía llamar su esposo. Se acercó a la puerta y tocó desde adentro para que esta se abriera de inmediato.
Frunció el ceño cuando miró a su alrededor y no encontró a nadie custodiándo