Melissa terminó estremeciéndose ante el beso que Maurice le dejó en la mejilla. Le sonrió con debilidad, pero, aun cuando tenía mucho que decir, terminó asintiendo. Miró los ojos claros del hombre, quien brindó con su taza, y tras un suspiro, admiró el patio, señalando lo bonito que parecía el atardecer que estaba por caer.
Con un poco de té calmó sus nervios, su caos mental y esa idea que le advertía, de muchas maneras, que si seguía con ese actuar, en el infierno sería donde terminaría.
—Y