El legado del rey Aldebrand, parte 2.
Narra Aldebrand
La mañana de la coronación comenzó antes que el sol. No porque el reino lo exigiera, sino porque mi cuerpo, con su obstinación habitual, decidió despertarme con un dolor profundo en el costado. Me quedé sentado en la cama varios minutos, respirando despacio, observando mis manos temblar en la penumbra. Las oculté entre las cobijas —un gesto inútil, ridículo, propio de un hombre que intenta esconderle su fragilidad al aire mismo.
Hoy debía ser fuerte, hoy debía ver a mi hijo conv