POV Aldebrand
Nunca he creído en las advertencias del destino, pero sí en la claridad de los años. A medida que un hombre envejece, aprende a leer señales que antes hubiera ignorado, el temblor breve en las manos, el dolor agudo que asciende por el costado como un recordatorio silencioso, el cansancio que se acomoda en los huesos sin pedir permiso. Y aprende, sobre todo, a distinguir cuándo el tiempo empieza a correr en su contra.
Fue ese cansancio —ese que ningún médico ha logrado explicar sin