Lara
El silencio entre nosotros era denso, pero no incómodo. La brisa tibia del desierto, las linternas balanceándose suavemente, el aroma dulce del té y el sonido sutil del viento acariciando la arena… todo parecía conspirar contra mi cordura.
Khaled se acercó despacio. Sus manos tocaron mi rostro con delicadeza, como si tuviera miedo de romperme.
— ¿Puedo? — susurró, con la voz ronca, controlada.
Asentí. Y fue suficiente.
El beso llegó suave al principio. Tierno. Pero con él… nada permanecía