Adir Rashid
Cuando mis hombres informaron que Amir había salido del barrio, sentí algo raro: impaciencia.
No miedo. No duda. Impaciencia.
La gente no abandona mi territorio sin que yo sepa exactamente por qué. Mucho menos cuando tienen razones de sobra para quedarse. Donde yo mando, todo se mueve según mi voluntad. Barreras, calles, edificios, personas. Nada ocurre sin que yo sea informado.
Me levanté de la silla con calma. El silencio en la sala fue inmediato. Allí dentro, nadie hablaba s