Alberto VasconcellosEntro en casa y, como siempre, soy recibido por el silencio pesado que habita este lugar. Antes, mi hogar era un reflejo de mi posición: muebles importados, cuadros de artistas reconocidos, alfombras persas. Ahora, todo ha perdido su brillo. Parece un escenario a punto de derrumbarse.Subo las escaleras, sintiendo la tensión en el aire. Mis hijas están todas en casa. Puedo oír sus voces en el piso superior. Natália y Bianca, las mayores, conversan animadamente sobre alguna tontería trivial. Lara, como siempre, permanece en silencio.Abro la puerta del despacho y me sirvo un vaso de whisky antes de enfrentarlas. Mi paciencia está al límite, y sé que no me gustarán las reacciones que están por venir.—Reúnanse en la sala —digo con voz lo suficientemente alta como para que todas me escuchen.Natália y Bianca bajan primero, con expresiones de aburrimiento. Son exactamente lo que la sociedad esperaba que fueran: hijas mimadas de un empresario rico. Siempre lo tuvieron
Ler mais