Khandra
Cuando entramos en la habitación, mi corazón latía como un tambor en los mercados de Marrakech. Yo, nerviosa, cada parte de mi cuerpo en alerta; él, calmado como si ya hubiera domado todas las tormentas del desierto. Pashir se quitó el reloj de oro y el collar con el colgante de ojo turco lentamente, sus gestos llenos de una seguridad que solo hombres como él poseen. Después, vino hacia mí con aquellos ojos oscuros e intensos, atrayéndome hacia un beso que me quitó todo el aire de los