Nayla
Si había algo que había aprendido desde que entré en la vida de Adir, era que la elegancia no estaba solo en la ropa, en los gestos o en las palabras bien elegidas.
La elegancia era, sobre todo, control.
Control de las emociones.
Control de las reacciones.
Control de la propia postura, incluso cuando alguien frente a ti estaba prácticamente suplicando por una respuesta cortante.
Y en ese momento, sentada en aquella mesa lujosa en la casa de mi futura suegra, mirando a las dos primas de mi