El silencio después del peligro era diferente al que estábamos acostumbrados. Ya no era una calma tensa o un preámbulo de una discusión; era un silencio más denso, más cercano y, por primera vez, asombrosamente real.
Me di cuenta de que todavía estaba temblando. Mis manos no dejaban de hacerlo y mi respiración, aunque intentaba controlarla, seguía siendo un desastre errático.
—Alma… —su voz fue suave, muy distinta a la del hombre que acababa de derribar a dos agresores en un callejón oscuro. Me