Mundo ficciónIniciar sesiónLas emociones se arremolinaban y chocaban dentro de ella como un mar embravecido. La cabeza le daba vueltas, inundada por un placer narcótico que la desarmaba por completo. Un temblor involuntario recorrió su cuerpo. Alessandro, atento a su reacción, profundizó el beso con la lengua, posesivo, arrollador, arrancándole un gemido sofocado. La debilidad se derramó por cada fibra de su ser, y Natalia sintió cómo sus rodillas flaqueaban.
Él besaba con dominio, como nunca nadie antes la había besado.
Un suspiro se le escapó sin permiso, traicionándola. Siempre había sospechado que un hombre como Alessandro sería intenso, pero nunca imaginó que besarle pudiera ser tan abrumador, tan extraordinario. La impresión la dejó aturdida, incapaz de pensar con claridad. Se aferró a sus hombros, buscando sostenerse, porque el mundo parecía haberse desmoronado bajo sus pies.Alessandro la atrajo más contra sí, aprisionándola en el calor de su cuerpo. Natalia sintió un estremecimiento pecaminoso recorrerla al chocar contra aquel torso duro, sólido como el mármol. Una oleada de debilidad se extendió desde su pecho hasta la boca del estómago. La fricción de su pecho contra sus senos la hizo arder de deseo, y eso la horrorizó aún más. ¿Cómo era posible sentir tal atracción hacia un hombre al que detestaba con todas sus fuerzas?
No, no era amor. Era deseo. Absoluto y puro deseo.
Nunca antes Natalia había sido sacudida por una pasión tan intensa. Sus antiguos novios le parecieron de pronto recuerdos insípidos, sombras sin vida. Ninguno había despertado en ella esa mezcla de miedo y fascinación. Ninguno la había hecho temblar con un simple beso.Alessandro debió percibir el estremecimiento que la recorría, porque detuvo el beso con una sonrisa satisfecha y alzó la cabeza.
Los vítores y aplausos de la multitud irrumpieron en los oídos de Natalia, arrancándola bruscamente de ese trance. Todavía jadeaba, con los labios húmedos y temblorosos, anclada en la sensación de aquel beso que no podía borrar.Alessandro, en cambio, parecía disfrutarlo. Reía, saludaba, levantaba la mano hacia los invitados, como si de verdad fuera el esposo enamorado. Natalia lo miró de reojo, con el corazón palpitando a un ritmo descontrolado. ¿Por qué un hombre como él necesitaba comprar una esposa? No lo comprendía. Si lo hubiera conocido en otras circunstancias, estaba segura de que no estaría allí, con el rostro sombrío y las ganas contenidas de romper en llanto. Mucho menos reprochándose haber sentido tanto deseo en ese beso maldito.
De pronto, el murmullo del público quedó atrás y Alessandro se inclinó sobre ella, tan cerca que el calor de su aliento le rozó la piel. Su voz grave le llegó como un veneno aterciopelado:
—Sonríe, moglie mia. —Su susurro le erizó la nuca—. Finge ser la esposa más feliz de Manhattan… o no podré garantizar que la pobre Rosa reciba los mejores cuidados. Y ya sabes lo peligrosa que puede ser esta ciudad.
Natalia apretó los dientes, pero su rostro dibujó una sonrisa impecable para los invitados. Solo Alessandro podía notar la furia detrás de ella.
—Eres un miserable… —murmuró con voz contenida, manteniendo la sonrisa—. No quiero que toques a ninguno de los míos.
Él ladeó la cabeza, divertido, y le acarició la mejilla como si le dijera palabras dulces.
—Así me gusta, ragazza. Obediente. Tú sonríe, y los tuyos estarán felices… y muy seguros.
La amenaza flotó entre ambos, invisible para todos los demás.
Cuando salieron de la iglesia, fueron bañados en arroz, mientras decenas de palomas blancas eran liberadas al aire como símbolo de prosperidad y fertilidad. El espectáculo arrancó gritos de júbilo entre los asistentes, pero para Natalia fue otro recordatorio de la farsa.
La fiesta se celebró en la imponente Villa Molinari. La decoración, aunque sencilla, destilaba elegancia. Largas mesas rectangulares, adornadas con flores de vivos colores, se extendían por los salones. Los invitados —en su mayoría sicilianos— hablaban animadamente en su lengua materna, gesticulando con entusiasmo. La comida abundaba, las copas tintineaban, y las cámaras inmortalizaban cada instante.
Natalia, perdida entre tanta algarabía, apenas comprendía nada. Cada tanto, Alessandro la sorprendía con un beso en los labios o con una caricia aparentemente dulce, gestos de un esposo enamorado. Nadie sospecharía que minutos atrás había amenazado con destruirla.
Y así, bajo aquella máscara perfecta, Natalia comprendió la realidad: se había casado con un hombre capaz de sonreír mientras la encadenaba.







