El amanecer se filtraba por los ventanales de la villa Molinari, tiñendo de dorado las cortinas y el suelo de mármol.
Natalia observaba el horizonte desde el balcón, envuelta en la camisa de Alessandro. Abajo, el mar rugía con la fuerza de siempre, pero dentro de ella todo estaba en calma. Por fin.
Él se acercó sin hacer ruido, con una taza de café en la mano, y le rodeó la cintura.
—¿Otra noche sin dormir?
—No. —Sonrió con suavidad—. Esta vez sí dormí… contigo.
Alessandro apoyó la barb