Alessandro maldijo una y mil veces a Anabella. Fue un imbécil en creer que ella se mantendría en silencio, que no intentaría gritar a los cuatro vientos que ese niño era suyo. La furia le hervía en la sangre, pero debajo de ella, la desesperación lo carcomía: Natalia lo estaba mirando como si ya no lo reconociera. Y eso… eso era peor que cualquier traición.
Guardó silencio unos segundos, intentando recuperar el control, mientras su mente giraba a toda velocidad. No la perdería, no otra vez. Est